24
enero

Amanece un Nuevo Drama

Juan Soto Ivars no llegó a la escritura por casualidad. Tampoco es un ídolo de masas, ni un reputado crítico. Una vez escribió un prólogo a modo de declaración de intenciones, junto con Sergi Bellver, y a los antólogos les cayeron chuzos de punta. Sin embargo, como buenas gentes de oficio, ambos saben danzar bajo la lluvia con gracia y sin soltar la copa.

Una tarde templada en Madrid es susceptible de convertirse en una noche gélida, en cuestión de minutos. Pero al llegar a La Realidad, lugar donde habría de presentarse La conjetura de Perelmán de Juan Soto Ivars, casi todo el mundo se disponía a salir. Sí, en lugar de entrar. Desde que en la sociedad se ha impuesto esta moral aséptica, nos vemos obligados a ventilar nuestros vicios; con más razón un escritor novel antes de la presentación de su libro.

Llegamos intentando no hacer ruido, y nos sentamos en el coqueto patio de butacas rojas al pie de un escenario que, quién sabe por qué, nos recuerda a Miguel Mihura, con la pared de fondo empapelada en Art Decó de flores negras, y cierto aroma a salón de debates posmodernos. Un escenario que es un drama en potencia, donde se nos ocurre situar a una Nora juguetona, bajo una mesa. Quizá de alguna alambicada forma haya sido el mejor espacio para presentar la primera obra de factura completa sellada por lo que un día dieron en llamar ‘Nuevo Drama’.

Los derroteros de la realidad son así, inciertos, casi imprevisibles, torcidos en ocasiones e inútiles y sin sentido, en otras. Se dilatan y entorpecen a veces, rebosantes de detalles superfluos e intrascendentes, que resultan necesarios —qué contrariedad, tener que definirlo—, porque sin ellos los lectores no nos tomaríamos nada en serio.

Durante el transcurso de la acción en La conjetura de Perelmán, ocurre que Carlo Volodin, ruso, se hace el encontradizo con dos policías americanos por una buena razón que no revelaremos en este momento por conservar el secreto de la trama. Cuando estos le preguntan ‘Do you speak English?’, él responde apresuradamente:

“—Me gusta mucho comer zanahorias, siempre pido zanahorias y Tinkoff para beber.”

Pero La conjetura de Perelmán no es un libro de humor, aunque se encuentren volutas y dobleces de guiños satíricos y surrealistas. Surrealistas, sí, más reales aún que la realidad, porque en el mundo real sí que aparecen pistolas que nunca serán disparadas —afortunadamente—, que o no sirven, o sirven para intensificar el drama. Para sustentarlo, para adornar de matices una radiografía de clavícula.

Con más de media hora de retraso sobre la hora prevista, se asientan en la palestra Juan Soto Ivars, Alejandro García Irisano e Ignacio Merino, para dar comienzo al acto. Y asistimos a una puesta en escena en toda regla. Soto Ivars, de aspecto frágil si se le mira de lejos, se prende en luz cuando se deja llevar por el entusiasmo del verbo.

Comienza el relato de los hechos, en primera persona. Soto Ivars corregía unas memorias y, en una broma genial, el sutil comediante no sólo se permitió introducir algunas morcillas en el transcurso del texto que pulía, sino que en un momento dado cayó en la tentación de nombrar el libro que sostenía el protagonista como su propio libro inédito —Siberia, que verá la luz este año—, citándose a sí mismo como autor para cerrar el círculo.

La broma no sólo motivó su despido inmediato, sino que generó la curiosidad de los editores, y la casa le ofreció la posibilidad de escribir una novela.

Tras la anécdota, es en este punto que Ignacio Merino toma las riendas y, como buen entertainment, lanza preguntas sazonadas con humor y con amor, como buen padrino. Y nos enteramos así de un buen montón de cosas.

Como muestra reveladora de toda la información a la que tuvimos acceso, podemos decir que nos enteramos de que Juan Soto Ivars se dedica a buscar fotos de Putin en Google Imágenes. Al llegar a casa fue lo primero que hicimos. Las imágenes que nos encontramos —medio desnudo y sosteniendo un fusil de asalto, jugando al hockey, tocando el piano— nos recordaron mucho más a Golia, trasunto de primer ministro ruso en la ficción de Perelmán, que al que mencionaban al pie.

Pero tampoco queremos hacer la clásica enumeración de preguntas y respuestas. Esta crónica tiene algo de puntillismo sensorial.

Grigori Perelmán, genio de las matemáticas, nació en San Petersburgo hace cuarenta y seis años. Con treinta y siete convirtió la hasta entonces inexpugnable conjetura de Poincaré en un teorema. A los cuarenta declinó la concesión de la Medalla Fields, el más prestigioso galardón matemático. Como punto culminante de tan meteórica carrera, en 2010, habiendo cumplido cuarenta y cuatro años, rechazó el primer premio de los problemas del milenio —de dotación, un millón de dólares— y declaró:

“No quiero estar expuesto como un animal en el zoológico. No soy un héroe de las matemáticas. Ni siquiera soy tan exitoso. Por eso no quiero que todo el mundo me esté mirando”.

Por este aislamiento eligió Soto Ivars al matemático: por sus silencios. El silencio es el hilo conductor de este libro cuya contraportada califica de ‘thriller’ sin serlo del todo. “Los genios no necesitan compartir su universo. El genio lo ha alcanzado todo, está iluminado y en su iluminación no necesita trasladarlo al otro”, dice Juan Soto Ivars cuando explica lo que decidió tomar como rasgo distintivo del personaje —ya sabe el lector que la paráfrasis pretende ser el sello de este blog—. Como rasgo distintivo del protagonista y como detonante de la acción en diversas circunstancias: el silencio es lo único que reciben como respuesta todos los personajes que rodean al genio matemático, y, a modo de descargas eléctricas, estos reaccionan como corresponde a la naturaleza de cada uno. La madre sufre. Los interesados se ponen nerviosos. Mary Parsons, la protagonista en la sombra —que no lo está tanto—, desespera.

Pero es una desesperación estéril, puesto que basta un poco de atención para entender que quizá Perelmán no atienda al sentido de cada una de las declaraciones que le brotan a la Parsons a borbotones; pero Grisha es capaz de reducir la semántica a la función exacta que traza con precisión la parábola del estado de ánimo de Mary Parsons. Se trata tan solo de la forma que tiene Perelmán de descifrar el código de la realidad que le toca, de la misma manera que cada lector y cada espectador disponen de su particular plantilla para descifrar lo que un autor les dicta a sus sentidos.

“Me propuse escribir un libro que Pepita Moreno entendiera”, declara el autor. Pepita Moreno es su abuela. Juan Soto Ivars pretende deleitar, retratar y suspender nuestra incredulidad a golpe de brillantes invenciones —porque nunca ha estado en Rusia—, con un lenguaje ambivalente, que nada entre las dos tierras de la ficción literaria: aquella que atrae al común de los mortales, aunque plagada de destellos cegadores de lucidez. Deliciosos símiles y agridulces sátiras embuchadas con precisión puntúan una rocambolesca persecución en la que cada actor encuentra su definición, a través del movimiento, de la respuesta vital.

Y cuando todo termina, las luces aún encendidas y el chisporroteo satisfecho de la justa conclusión y las felicitaciones, nos despedimos del autor que firma, despreocupado del mundo y concentrado, en la antesala color hueso de ese drama que es La conjetura de Perelmán.

El drama nuestro de cada día, pero en versión Very Important Person, si se quiere; con tintes cinematográficos que recuerdan al Hitchcock de La trama, además.

Juan Soto Ivars (Águilas, 1985) nos muestra su visión de las cosas, mezclando en la trastienda la alquimia de la naturaleza humana y el dolor por la realidad —Hamsun y Zwaig diluidos en una justa medida— para terminar ofreciéndonos la atractiva sencillez del pretendiente que, sagaz, se esfuerza durante horas por presentarse estudiadamente descuidado. Tiene veintiséis años y ya nos ha regalado la alegría de entrecerrar los ojos y divisar un placentero horizonte creador.

¿Alguien más se anima?

La conjetura de Perelmán, de Juan Soto Ivars, en Ediciones B.

 

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19
enero

El poder de las palabras

Los refranes populares pueden ser muy engañosos, y uno de los más ambiguos es aquel que reza: ‘Las palabras se las lleva el viento’. Sí, ya sabemos, alude a la veleidad de las personas, al constante cambio de las circunstancias y los pareceres, a la absoluta falta de compromiso de algunas personas, si lo llevamos al extremo.

Pero no es cierto. Las palabras no se las lleva el viento. Las palabras pesan, tienen un poder casi hipnótico según quién las diga y quién las escuche, y, lo más enigmático y poderoso de todo es que el valor que les da el emisor y el que les concede el que recibe en muy pocos casos es exactamente el mismo. Y, sin embargo, las palabras siguen guardando en su interior aguijones que pueden atravesarnos la sien o las entrañas, con sólo ser pronunciadas.

Las palabras, por tanto, pesan, tienen poder. Y tanto más poder tienen cuanto menos se reflexiona acerca de ellas. Muy al contrario de lo que se podría pensar, cuanto menos significan, más capacidad de dominio ejercen. Las palabras, que conservan su contenido aun a pesar de que el que las pronuncie no lo conozca, siguen su camino rebotando de boca en boca hasta que se convierten en conceptos que extienden sus tentáculos hasta lo más recóndito del inconsciente colectivo.

Dice Eduardo Galeano: “Ahora las torturas se llaman ‘apremios ilegales’, la traición se llama ‘realismo’, el oportunismo se llama ‘pragmatismo’, el imperialismo se llama ‘globalización’, y a las víctimas del imperialismo se les llama ‘países en vías de desarrollo’, confundiendo a los niños con los enanos, y al sistema que cuando yo era pequeño se le llamaba ‘capitalismo’, se le llama hoy ‘economía de mercado’: el diccionario ha sido asesinado por la organización criminal que dirige el mundo, las palabras ya no dicen lo que dicen, o no saben lo que dicen.”

Pero un torturador no dejaría de serlo, por mucho que en su carné profesional se pudiera leer ‘apremiador ilegal’. Una traición no deja de doler sólo porque forme parte de la realidad y un oportunista seguirá siendo una persona a la que querríamos evitar. Lo que ocurre, es que de tanto repetir las palabras en voz alta, de tanto difundirlas pronunciando fonemas sin reflexionar en lo que estos representan, de tanto restar importancia a lo que encierran trazos y golpes de voz, finalmente, algunos conceptos y valores humanos se pierden por entre líneas, remates e intentos de definición normativa. Los detalles, que a veces no nos dejan ver el bosque.

De todas formas, por algo el lenguaje es más viejo y más sabio que el ser humano. El lenguaje está vivo, fluye y se adapta. Nace del instinto y la emoción, sí, para devolverlos y compartirlos: para hacernos más semejantes y menos individuos. Aunque nos empeñemos en despojarlos de las capas que pesan, aunque intentemos aligerar la carga a fuerza de dejar de lado el sano ejercicio de la reflexión, la realidad —qué sinsentido— es que las emociones son el motor humano. Y si un oriental clavara poco a poco doscientas diminutas astillas por debajo de las uñas de nuestras manos y pies, podría ser que nuestros labios hubieran aprendido a pronunciarlo como ‘apremio’; pero en nuestro vientre se sentiría como una tortura china.

La lectura, por tanto, no es sólo reconocer trazos e hilarlos dotándolos de un sentido común, de la misma forma que escribir no es únicamente pulsar las teclas de un ordenador en cierto orden o trazar grafías en un papel de izquierda a derecha. La lectura requiere de una reflexión interna, un análisis y contextualización que en otro tiempo fuera casi automático, de la operación digestiva a través de la cual tomamos posesión de las palabras y del concepto que transmiten. Porque de lo contrario, si no conseguimos seducir a las palabras y hacerlas nuestras, corremos el riesgo de que ocurra al revés y vivamos toda nuestra vida esclavizados por ellas.

 

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17
enero

Dendritas, axones, series y libros

Todo aquel que haya visto alguna vez el programa de divulgación científica ‘Redes’ sabrá lo que son las dendritas, esas ramificaciones neuronales que recogen los estímulos nerviosos de los axones de otras neuronas. Las conexiones neuronales se modifican constantemente, a una velocidad que ni siquiera concebimos, para multiplicar y enlazar en nuestra mente constantes intercambios de información a nivel microscópico, dentro de nuestro cerebro.

A nivel global, nuestro sistema de intercambio de información macroscópico parece funcionar de una manera bastante parecida. De esa manera, cada obra, ya sea escrita, audiovisual, estática o en movimiento, genera a partir de la idea transmitida decenas o cientos de nuevas creaciones, dependiendo de su impacto y difusión.

El constante intercambio en las redes sociales, en los medios digitales o conservadores, genera una profusión de relaciones e ideas que deriva en nuevos intereses o conceptos. Así, asistimos a un hermanamiento entre productos culturales que en principio parecerían opuestos —o lo habrían sido hace unas décadas—, como las series televisivas y la literatura.

Dicen que la Literatura, implícita y con mayúsculas, es lo que diferencia una buena serie de una simplemente entretenida. De esa manera, en Boardwalk Empire se respira una atmósfera épica de novela, Mad Men construye perfiles de época perfectamente dibujados en un contexto de análisis social crítico y Downton Abbey genera pasiones, no sólo por las relaciones creadas entre sus protagonistas, sino por su capacidad para representar los cambios sociales producidos en una época convulsa, la que retrata.

Asistimos pues a un tejido que se va construyendo indisoluble: el lector apasionado encuentra ecos de lo leído en dramas audiovisuales, que multiplican la experiencia lectora y descubren claroscuros que generan a su vez nuevos impulsos lectores. Leemos que el éxito internacional de crítica y público de la serie británica, Downton Abbey, genera pasiones entre sus asiduos espectadores: no sólo aumenta el consumo de Jerez en Reino Unido, afán imitativo de sus seguidores, sino que crece el interés por las lecturas que remiten a la época o tienen que ver, en cualquier punto, con su narración o personajes.

El post del jueves 12 de enero en FlavorWire.com nos desvela las lecturas recomendadas para amantes de Downton Abbey: ‘Tres soldados’ de John Dos Passos, ‘Johnny cogió su fusil’, de Dalton Trumbo, ‘La señora Dalloway’, de Virginia Woolf, ‘Viaje al fin de la noche’ de Louis-Ferdinand Cèline y ‘Adiós a las armas’, de Hemingway.

(http://flavorwire.com/247793/essential-wwi-novels-for-downton-abbey-fans#9)

Por tanto, si estas son las lecturas que aumentan su difusión gracias a las series de televisión, quizá la globalización de la cultura, con sus dendritas y sus axones insospechados, no sea tan mala…

 

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12
enero

Más risas, por favor

Un par de días antes de que acabara el año, ese que ya dejamos atrás, nos llegaba la noticia de que David Safier, periodista, guionista y escritor —autor de Maldito Karma y Jesús me quiere— publicaba un nuevo título en España: Yo, mi, me, contigo.

La tercera novela de Safier cuenta las desventuras de una joven desengañada que aparece en el Londres del siglo XVI, pero encarnada, nada más y nada menos, que en el cuerpo de un joven y díscolo Shakespeare. Por supuesto, habrá adivinado el lector, la nueva entrega del autor alemán continúa su línea cómica.

Es precisamente una de sus declaraciones en la entrevista concedida a La Vanguardia el pasado 29 de diciembre lo que nos provocó aventurarnos en un pensamiento profético: la comedia está de vuelta.

De la misma forma en que es bien sabido en el mundo de la moda que las crisis acortan las faldas, en tiempos aciagos la sociedad busca en el medio cultural la forma de evadir sus preocupaciones diarias, renovadas con cada amanecer.

Dice La Vanguardia, al final de la entrevista, que Safier encuentra más difícil escribir textos cómicos que dramáticos: “Por eso, tengo en alta estima a Chaplin y a Woody Allen”. No le falta razón. Pregúntenle a un profesional de la escena, y contestará rotundo. Hacer reír es mucho más difícil que provocar llanto, angustia o conmiseración.

Echémosle un vistazo a las mesas de novedades… ¿Cuántos autores de literatura de humor encontramos?

Sin embargo, antes de que sea demasiado tarde y nuestro olfato de lectores se atrofie, deberíamos recuperar a los maestros de la ironía y el absurdo, del juego grácil de la sonrisa e incluso del clamor estentóreo de la carcajada. Deberíamos hacerlo, antes de que comiencen a surgir obras que provoquen esas sonoras risas que apuntan únicamente a relajar los músculos, incluido el que nos rellena el cráneo.

Porque, al leer humor, verdadera literatura de humor, ejercitamos el espíritu crítico y la observación audaz. La originalidad del pensamiento, la excentricidad de la postura, la elasticidad de la moral. Los puntos de vista se suavizan, los límites físicos se difuminan y, aun así, se nos aparece todo mucho más claro. El humor relativiza y nos despeja la visión.

Así que hoy queremos hacer un llamamiento para recuperar a los grandes clásicos del humor; no solo nos referimos a las comedias shakespearianas y cervantinas, Moliére o los entremeses del Siglo de Oro.

¿Qué tiene que decir, el improbable lector, del Tristam Shandy de Lawrence Sterne o de La conjura de los necios de John Kennedy Toole?

Hasta ahora, la literatura de humor no ha sido demasiado bien considerada por la crítica, ni siquiera se le ha concedido mucho espacio. Un maestro angloparlante como Stephen Leacock (1869-1944), por ejemplo, en nuestro país sólo ha merecido dos traducciones de sus más de cincuenta obras, ambas de 451 editores: Un verano en mariposa (2007) y Aventuras del señorito en su Arcadia (2008). Hay que señalar que, en cierta manera, podrían configurar la ‘avanzadilla’ de la escalada natural que el estado de ánimo general debería provocar en las elecciones de los lectores. Y parece que ha sido así.

Arto Paasilinna (Finlandia, 1942) cuenta ya con seis títulos publicados en España, el último de los cuales, El año de la liebre, reeditado por Anagrama, compite fieramente por permanecer en los expositores libreros. Compite, y se lo gana. Quien haya leído El bosque de los zorros sabrá de lo que hablamos: personajes de repulsiva catadura moral que muestran sus motivaciones con total candor, inusitadas relaciones humanas que llevan a disparatadas situaciones dignas del surrealismo más agudo.

Los lectores llevan un tiempo buscando una sonrisa entre las librerías. Las ventas de Christopher Moore (Ohio, 1957) y sus libros de humor absurdo —basados en la satirización del género vampírico, últimamente— nos dan una idea.

En este mismo blog, hace unas semanas, confrontábamos dos libros de autores noveles, El viaje involuntario de un suicida por afición, de EINZLKIND (Siruela) y En los bares nunca llueve. Historias de la historia de Joao Siniestro (LetraBrick), que rezumaban comedia por todos los poros, excepto los plastificados. Ambas propuestas nos muestran un sutil carácter socarrón, no sólo entre las líneas de la caja de texto: desde la biografía del autor alemán de Siruela hasta cada coma y definición de los textos de LetraBrick están inspirados por un sano ejercicio de humor inteligente que estimulará y hará brillar las conexiones neuronales de cualquiera.

Por lo tanto, recúperemos a los clásicos y entonemos nuestro sentido crítico, sí. Pero congratulémonos porque parece que llega una nueva época en la que el garbo de la comedia alcanzará algo más de cuota de mercado, y es necesario. Porque los tiempos que vivimos son feroces y de distancia, y, como decía R.W. Emerson, “la percepción de lo cómico es un lazo entre los hombres”.

(Alfredo Landa remató: “El sentido del humor consiste en reírse de las propias desgracias”).

 

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10
enero

Vivir sin líderes

Bienvenido 2012. Bienvenida la liberación del libro.

Estrenamos este nuevo año con nuevas visiones del mercado editorial o, mejor dicho, con visiones acomodadas a los nuevos pasos del mercado editorial. Y no serán las últimas. Los cambios se producen en cuestión de días: llega Amazon, aumentan las ventas de e-books, los formatos se consolidan… Nos esperan semanas preñadas de novedades.

Pero aunque detenernos en lo inmediato no es sólo una tentación, sino que ya es una tendencia, encontramos necesario parar, tomar distancia y mirar desde lejos. ¿Qué es lo que realmente no funciona con Internet?

Y resulta que en Internet, todo funciona perfectamente. Somos las personas las que no encajamos. ¿Por qué?

Desconfiamos de Internet, porque nos diversifica y somos difíciles de controlar y predecir a través de la Red. Y por más cosas.

En El País, una entrevista de Manuel Castells, catedrático de Sociología en la Universidad de Berkeley y director del Internet Interdisciplinary Institute de la Universitat Oberta de Calalunya deja claras tres cuestiones: la primera, desmontando mitos, que el ‘chateo’ promueve la socialización; el ser social es más social en Internet, y viceversa, al contrario de la creencia popular.

La segunda, que el poder ve limitado su campo de acción con la Red: “Yo he estado en no sé cuántas comisiones asesoras de gobiernos e instituciones internacionales en los últimos 15 años, y la primera pregunta que los gobiernos hacen siempre es: ¿cómo podemos controlar Internet? La respuesta es siempre la misma: no se puede. Puede haber vigilancia, pero no control”, dice Castells.

Lo comprobaremos a partir de marzo, cuando tenga aplicación efectiva la famosa ‘ley Sinde’.

Y la tercera, la que nos parece más importante: Internet no sirve para nada sin educación. Parece evidente, pero para algunos es necesaria la explicación. No sólo necesitas comprender el lenguaje para navegar, sino que la Red resulta más provechosa para quien conoce sus resquicios. Quien tiene claro lo que busca, lo encuentra.

En efecto, la formación parece ser la mayor brecha que se nos presenta en la evolución hacia la globalización del conocimiento. Más concretamente, la evolución del mercado del libro parece depender de ello. De la educación de los usuarios.

Los lectores, acostumbrados a ser dirigidos por un líder de opinión, por libreros, revistas o suplementos literarios, se van a encontrar, progresivamente, con un universo casi infinito —recordemos: 110.000 títulos publicados durante 2010— de publicaciones, y van a verse obligados de repente a encontrar su propio criterio. Al menos, necesitarán definir los canales de información de los que se nutren.

Hasta ahora, bastaba con encender el televisor para que un montón de ideas y patrones culturales llegaran a nuestro salón. Sin embargo, el internauta ha de elegir cada una de las fuentes que alimentarán su vagaje cultural, ya sean blogs, perfiles de facebook o revistas digitales. Evidentemente, esta elección tiene dos vertientes: la primera, que parte de la formación del individuo y se configura a través de ella; la segunda, que determina las elecciones de productos culturales que el individuo hará.

Así que, en un futuro al que aún tardaremos en llegar, ya no habrá una industria cultural que señale los productos cuya calidad los convierte en merecedores de salir al mercado, sino que serán los propios lectores —consumidores— los que elegirán con ayuda, seguro, de las voces de peso en la red, que serán incontables, por la misma naturaleza del medio. Pero, para elegir, es necesario conocer el abanico de posibilidades.

Este es el verdadero desafío. Más allá del precio único del libro, del IVA aplicado al papel y al formato digital, de los beneficios y porcentajes, se encuentra una cuestión mucho más peliaguda y complicada: la formación de la sociedad. Enfrentados a una amplísima oferta sin tamiz, al infinito acceso a todas las obras habidas y por haber, nos convertimos en editores de nuestra realidad. Pero esta vez de verdad, y ese es el verdadero reto. Ya no sentamos pacientes a esperar los títulos que nos traerían ‘los que realmente saben de esto’, sino que en el nuevo escenario digital —no el que quieren vallar y compartimentar, sino el real— tenemos acceso a todo, en grandes cantidades. Cada uno de nosotros ha de conformar sus propios parámetros de elección, su propio criterio, para seleccionar aquello con lo que deseamos nutrir nuestra vida. Se trata de la libertad.

Y lo malo de la libertad no es sólo que haya élites que no la aprueben por la pérdida de poder que significa para ellos; el obstáculo real para esa libertad es el miedo a  ser libre. Porque ¿qué será de nosotros sin la comodidad de un líder de opinión que nos dicta el decálogo de los ‘imprescindibles’ de la temporada?

 

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30
diciembre

Feliz 2012

No sabemos si os habéis dado cuenta, pero en Escriba no nos gustan las listas. Además, está ya todo lleno de listas. Listas de los más leídos en 2011. Listas de los más vendidos este año. Los mejores libros según Babelia, los mejores según The New Yorker. Los diez autores revelación, las novelas más nombradas en blogs, las historias más versionadas en cine, las cubiertas más llamativas, los títulos con menos vocales…

Aquí no creemos que las estadísticas sean más que curiosidades: no definen a nadie, en realidad. La literatura no es una ciencia exacta, sino humana. Nace de los detalles, de los recodos, de aquello que nos hace únicos frente a la intensa presión social por entrar en las rígidas estructuras que definen la ‘normalidad’.

Englobar y resumir son tareas periodísticas; la literatura da nombre a todos los anónimos conjugando sus manías y querencias en un solo crisol de ficción.

Así que no vamos a hacer una lista, ni recuento, ni recopilación alguna. Nos negamos. Que cada cual haga su particular balance de pérdidas y ganancias, que nosotros trataremos de echar un vistazo desde lejos. Ninguno hemos vivido el mismo año, así que seguramente habrá más de dos mil once versiones de 2011. A dos días de terminarlo, se nos arremolinan los recuerdos.

En 2011 murieron grandes genios, se nos fueron artistas, científicos, grandes seres humanos y otros pequeños. Echaremos de menos a muchos, este nuevo año, y también daremos la bienvenida a otros muchos más, cuyos talentos ni siquiera imaginamos ahora.

2011, un año convulso, nos regaló el renacer del artista comprometido, de la literatura de denuncia social y del pensamiento político, reflejo de lo que vemos en las calles. El cómic y la novela gráfica impuso su presencia con rotundidad, las series se perfilaron como los nuevos productos de ficción estrella y el mundo de las letras comenzó a dar sus primeros pasos en esto de intentar adecuarse a los nuevos tiempos.

El pasado año nos dejó un sinfín de nuevos títulos; tantos, que nadie podría leerlos todos en el transcurso de una vida humana sin dejar de realizar otras funciones básicas. Nos dejó también, 2011, una profunda brecha entre los apocalípticos —aquellos que ven los modelos emergentes como amenaza— y los integrados —los optimistas que ven en Internet una nueva forma de compartir y crear—. Las redes sociales se colaron hasta en la mesa de novedades de ficción con ‘Richard Yates’. Llegó Amazon, y aún seguimos aquí. El ISBN dejó de ser gratuito. Steve Jobs se fue, un poeta sueco con nombre de trabalenguas se hizo común gracias al Nobel de Literatura. Ahora todo el mundo sabe decir Tomas Tranströmer. Cifras de ventas en e-book, cifras de venta en papel. El archivo de Carmen Barcells, la peor escena de sexo en literatura, libros súper ventas que se convierten al cómic y a la televisión o libros súper ventas que provocan que parejas de todo el mundo inunden los puentes de candados.

Al margen de análisis socialógicos en profundidad, parece bastante claro que el drama conquista nuestras vidas desde Internet.

Y, mientras, el mundo gira, como decía la canción. Gira, y los escritores siguen escribiendo: sobre papiro, pergamino, papel o pantalla líquida. Gira, el mundo, gira, y los que quieren leer, continúan leyendo: en papel, en pantalla. Entre medias, como su nombre indica, los intermediarios continúan luchando por mantener sus cuotas de poder.

¿Qué novedades nos traerá 2012? ¿Qué nuevos caminos emprenderemos?

Para este nuevo año, como os hacemos llegar con nuestra felicitación, os deseamos que nada os perturbe ni os impida escribir. Que escribáis como si no hubiera un mañana. Os deseamos también montones de descubrimientos: de autores, de historias, de nuevas ediciones. Y de experiencias, que de vivir también se escribe.

Os deseamos, además, que siempre tengáis un lugar apacible donde entregaros con serenidad a la lectura y la ensoñación.

 

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27
diciembre

¿Cuál es el valor exacto de un escritor?

Resulta difícil cuantificar la labor literaria. A nadie le pasa desapercibido el hecho de que un escritor ha de ser libre, someterse a sus propias normas; encontrar el modo de encaminar su flujo de creatividad a través de sus propios pasos.


En una sociedad revolucionada por la cadena de montaje de Henry Ford, el artista —músico, poeta, pintor…— no cabe. Stanislaw Lem escribió una exquisita historia incluida en Ciberiada (Alianza, 1988) acerca de un poeta construido artificialmente: ‘El Electrobardo’. Pero, aunque sea un deleite leer la obra de Lem, se trata de ciencia ficción. Nadie puede forzar el talento; y aunque las estructuras desarrolladas por este sistema en ocasiones sean rígidas y crueles, únicamente orientadas a la productividad en su mayoría, ningún ser humano posee un procesador que funcione a un ritmo y velocidad constantes.

Todos los seres humanos son parecidos, pero cada uno es singular. Raro y único. Y es esto lo que constituye la esencia de la ficción, de las historias bien contadas. Dicen que Gabriel García Márquez puede pasar años rumiando una historia, contándola una y otra vez, hasta que la encuentra madura para fijarla por escrito. Y entonces necesita ver una flor amarilla en su escritorio para sentarse a escribir. Murakami explicaba hace poco a The guardian que se levantaba a las cuatro de la mañana para trabajar seis horas diarias, en una disciplina que mantiene de forma paralela a su entrenamiento físico; Hemingway, por el contrario, podía pasar meses sin escribir una línea y de repente sumergirse dos días con sus noches desarrollando una idea. Además, de pie. Truman Capote escribía tumbado, sin embargo. Isabel Allende siempre comienza sus novelas el 8 de enero. Y Thomas Mann era tan obsesivo diseñando detalladamente la personalidad de sus creaciones que incluso imaginaba cómo firmaban.

Algunos han escrito decenas de libros, como Stephen King; otros, como Salinger, disponen de una obra más reducida. La tarea de escritor, como la de artista, es difícil de valorar, de cuantificar, de estandarizar, diseccionar y clasificar. Todos ellos son verbos incompatibles con la labor literaria. Porque decimos difícil por no decir imposible. Y porque en estos tiempos, lo realmente difícil es hacer entender a la gente que existen realidades que no se pueden expresar con números, ni siquiera con decimales.

 

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23
diciembre

Ya es Navidad.

Lleva siéndolo un buen rato, a juzgar por cómo están las calles desde hace un par de semanas.

Luces por todas partes, prisas, compras, bolsas y regalos. Marisco, cava, uvas; corre que se les acaba la merluza, ay, si todavía no sé qué ponerme, y ¿compraste mazapanes? Sabes que sólo me gustan los de siempre.

Un solo de letras tiene un deseo gordo, y muchos pequeñitos, para esta Navidad. Y, aunque en los pequeñitos habrá quien se sienta reflejado y quien no, en el deseo gordo cabréis todos, seguro.

No hace falta que os preguntemos si os habéis fijado en ello, es obvio: la Navidad todo lo puede, el espíritu de paz, bondad y generosidad inunda el ambiente. Sólo hay que ver una de las películas que se crearon por y para estas fechas.

En estos días, serán las luces de los comercios, los villancicos, los cascabeles o los renos, pero todo el mundo es capaz de ver al ser humano que se sienta a su lado en el autobús, como si los cuentos se hicieran realidad y las cosas en la calle fueran dibujadas por la pluma de un Dickens oculto el resto del año.

Esta es la época en la que todos nos comportamos realmente como enseñamos a nuestros hijos a comportarse; como antes nos enseñaron nuestros padres, gracias a esas lecciones que olvidamos al hacernos adultos: hay que ser honestos, las cosas que se comparten se disfrutan más, no importa lo que tienes, sino lo que eres.

Nuestro deseo de Navidad es que, a partir de ahora, la realidad la escriban los profesionales, los que de verdad saben crear: escritores, guionistas, ilustradores, camarógrafos, iluminadores, músicos… Todos a trabajar.

Porque la literatura ilumina rincones pequeños de existencias concretas que podríamos habitar cualquiera. La literatura, la ficción, es capaz de transmitir a millones a través de la mirada de un único e insignificante protagonista.

Sin embargo, muy al contrario, en la cruda realidad social que nos ha tocado vivir, un equipo de gobierno se acaba de crear con clara vocación de administrar las realidades así, a bulto. Como siempre. Porque los políticos, como decía Jorge Volpi esta semana, no leen ficción. Y deberían, para recordar que la sociedad no es una masa informe de gentes intercambiables. Está hecha de pequeñas, quizá anodinas, insignificantes o dramáticas y gloriosas historias personales. Corresponde a los gestores de la cosa pública regular las condiciones de estos millones de rostros anónimos, pero a los creadores les toca colocarlos bajo el foco, mostrarlos al mundo. ¿De qué sirve si los que deciden sobre tantas vidas anónimas no se ponen en su lugar?

Parece ser que esto sólo sucede en Navidad. Los primeros ministros ingleses se besan con lustrosas secretarias en funciones infantiles, tras bambalinas. Los avariciosos empresarios dejan de amasar fortunas para pensar en las condiciones de sus trabajadores.

Y en Un solo de letras queremos que estas cosas ocurran todo el año. Que todos seamos creadores de nuestra propia realidad, transmisores de las condiciones de todos a nuestro alrededor. Que exista la posibilidad de expresarnos, y compartir nuestras expresiones, en libertad, en un espacio sin límite. Y que los que administran nuestros recursos tengan una visión clara de cuáles son nuestras querencias, nuestras pasiones, nuestros miedos, nuestras inseguridades. Que creen caminos como los que se le ocurrieron a Frank Capra, a partir de reflexiones de la naturaleza humana como las que Dostoievski, Zweig o Camus nos regalaron.

Queremos que hasta nuestros políticos sean lectores y creadores de ficción, que dominen la narrativa, el estilo, los recursos. Pero que creen ficción de calidad —no como hasta ahora— y, si puede ser, que no sea de género: ya cansa, tanto thriller y tanto terror.

 

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19
diciembre

La vuelta del héroe cotidiano

Vivimos un resurgir de la historieta, del cómic, de la novela gráfica. Como lo quiera clasificar cada uno, pero las narraciones en viñetas están de vuelta. Aunque en realidad, como todo, nunca se hayan ido. Los profesores enseñan física utilizando las hazañas de Superman, los movimientos de Predator o los logros descritos en Star Wars; los espectadores se acostumbran a recibir novedades del mundo de la viñeta al menos un par de veces al año y se multiplican las adaptaciones al cómic: desde la actualidad social, pasando por best sellers suecos, clásicos de la literatura inglesa y hasta biografías de grandes personajes.

El sector del cómic fue el único que aumentó las ventas en 2010, según dicen, que los bailes de cifras y los referentes son tan variados como numerosos.

Pero esto viene ya de lejos.

En 2001 Michael Chabon ganaba el premio Pulitzer de Ficción por su novela Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, en la que dos jóvenes, primos y apasionados por el dibujo, se abren camino en el Nueva York de la era dorada del cómic, cuando una portada del Capitán América propinándole un puñetazo al mismísimo Adolf Hitler batía récords de ventas. Por sus páginas desfilan trasuntos de sus dos creadores, Jack Kirby y el recientemente desaparecido Joe Simon, y el resto de los personajes refieren experiencias prestadas de Stan Lee, Joe Shuster, Jerry Siegel o Jim Steranko.

Diez años después, nos llena de satisfacción leer que Stephen Daldry, director de Billy Elliot, Las horas, The Reader (El lector) y, Tan fuerte, tan cerca —basada en una novela de Jonathan Safran Foer, cuyo estreno en España está previsto para febrero de 2012— va camino de convertir Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay en una espléndida serie de ocho episodios para la HBO.  Nos conforta especialmente por nuestra vecina del Bajo C, quien para intentar superar la vida diaria sin Murakami se enganchó a una exitosa serie de la cadena norteamericana y ahora anda vagando por el portal enfundada en una mantilla negra desde que acabó la segunda temporada, por lo visto trágicamente. Qué alegría, porque es seguro que la producción de Daldry y los inolvidables Kavalier y Clay harán que recupere el entusiasmo por el mundo.

El caso es que nuestra vecina nos parece un reflejo del conjunto de la sociedad, que reacciona ante la rutina, como todos, intentando convertir cualquier hecho anodino en una aventura de dimensiones fantásticas. Se trata de un rasgo propio del lector ávido, del apasionado por las narraciones de cualquier tipo; se trata de un rasgo muy humano: la admiración por el héroe que, con su actitud, supera las estructuras que coartan su libertad. Aunque algunas circunstancias requieran del prefijo súper para servir de contrarresto suficiente.

De ahí que la Segunda Guerra Mundial fuera el caldo de cultivo de la edad de oro del cómic norteamericano, teniendo en cuenta el carácter del pueblo que nos ocupa.

La sociedad, al enfrentar un horror de tal intensidad como el proyectado por los planteamientos nazis, necesitaba depositar su confianza en figuras de inquebrantable altura moral y honestidad absoluta. Porque esos son los principales superpoderes que ha de poseer un superhéroe. Lo demás, configura la personalidad propia y única del personaje.

Da qué pensar que vuelva a cobrar fuerza la imagen del héroe en estos momentos; ahora quizá con nuevas capacidades y diferentes características generacionales añadidas, porque el héroe actual, como Kavalier y Clay, no es más que un ser humano con una profunda conciencia de sí mismo y sin más armas que una honda para enfrentarse a un despiadado Goliat.

 

 

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15
diciembre

Poesía, editores, críticos y pornografía

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